A propósito del centenario de psicología de las masas

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Hay que cambiar la vida, dijo Rimbaud.

Hay que cambiar el mundo, dijo Marx.

Los dos están equivocados.

Hay que diversificar la vida.

Hay que pluralizar el mundo.

Hay que abandonar la ilusión romántica

de que la humanidad sólo será feliz

si recupera la unidad perdida.

Hay que abandonar la ilusión de totalidad.

La palabra lo dice,

hay sólo un paso entre el deseo de totalidad

y la realidad totalitaria. 

 Carlos Fuentes, Los años con Laura Díaz.

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Este artículo sólo es el resumen de la conferencia y texto presentados oralmente y para su publicación, con motivo del Encuentro Internacional “A 100 años de Psicología de las masas y análisis del yo” (1921), de Sigmund Freud, como un homenaje-debate convocado por un grupo de psicoanalistas e intelectuales identificados con el sugestivo significante Praxis Psicoanalítica, que vienen citando desde hace años a memorar los centenarios de las más notables obras de Freud, como “Tótem y tabú” de 1913.

Ya Étienne de La Boétie, el joven francés, estudiante de derecho, publicaba unos fragmentos en latín en 1548, gracias a la amistad con Michel de Montaigne; unos agudos pensamientos que más tarde fueron conocidos como Discurs de la servitude volontaire ou le contr’un en 1576 (La Boétie, El discurso de la servidumbre voluntaria, o contra el UnoBuenos Aires, La Plata, Terramar, 2008). Un texto fundacional, erudito, lúcido y detonante, sobre el pensamiento libertario, la negación del autoritarismo y la denuncia del absolutismo (ad=privación y solutos=suelto: sujetado), que plantea la ilegitimidad de una autoridad sobre un pueblo y las causas de su sumisión.

Un discurso contra la tiranía de su tiempo y la sumisión voluntaria a los pies del amo. Pues la Boétie sostiene que toda servidumbre es voluntaria y procede del consentimiento de aquéllos sobre los que se ejerce el poder. Su originalidad deslumbraba y lo sigue haciendo, pues delataba que la servidumbre no es forzada sino voluntaria. Pero ¿cómo puede ser que un solo hombre obligue a todos a la servidumbre y la lambisconería? Porque hasta un poder que se impone por las armas sobre un pueblo no puede dominar indefinidamente sin la colaboración activa, resignada, ventajosa o cobarde de sus habitantes. Ergo, “decidíos a dejar de servir y seréis libres” —arenga La Boétie. ¿Por qué amamos nuestras cadenas? —Pregunta  La Boétie— y Marx le contesta: “el esclavo besa sus cadenas” (una frase que lo hubiera llevado más temprano que tarde al psicoanálisis).

La servidumbre sólo puede ser voluntaria —dice La Boétie— si el tirano representa algo que colma los deseos del pueblo que somete. “Pero, ¡oh, Dios mío! (…) ¿Cómo llamar ese vicio (…) tan horrible? ¿Acaso no es vergonzoso ver a tantas y tantas personas, no tan sólo obedecer, sino arrastrarse? No ser gobernados, sino tiranizados, sin bienes, ni parientes, ni mujeres, ni hijos, ni vida propia. Soportar saqueos, asaltos y crueldades, no de un ejército, no de una horda descontrolada de bárbaros contra la que cada uno podría defender su vida a costa de su sangre, sino únicamente de uno solo. No de un Hércules o de un Sansón, sino de un único hombrecillo, las más de las veces el más cobarde y afeminado de la nación, que no ha siquiera husmeado una sola vez la pólvora de los campos de batalla (…)  ¿qué es ese monstruoso vicio que no merece siquiera el nombre de cobardía, que carece de toda expresión hablada o escrita, del que reniega la naturaleza y que la lengua se niega a nombrar?”(La Boétie, El discurso de la servidumbre voluntaria, Terramar, 2008:46-47).

Para La Boétie, no lejos de Lacan, el secreto de la dominación depende del deseo de identificarse con el tirano, convirtiéndose en el amo de otro (para alcanzar el goce y la completud del amo). Una enajenante cadena de  identificaciones, donde hasta el último de los esclavos se considera amo. Porque la servidumbre de todos está vinculada con el deseo de cada uno de llevar el nombre de Uno ante el otro. El fantasma del Uno no es sólo el del pueblo unido y nombrado, sino el de cada hombre, convertido en pequeño tirano. Para el pueblo, el Uno se afirma gracias al poder y la institución del Otro, y gracias al hombre desencadenado se sostiene toda la cadena de los pequeños tiranos (Lefort, “El nombre de Uno”, El discurso de la servidumbre voluntaria, Terramar, 2008:160).

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El Übermensch o Superhombre, concepto desarrollado por Friedrich Nietzsche, en Así habló Zaratustra, es una persona que alcanza un estado de madurez espiritual y moral superior al hombre común, y que es capaz de generar su propio sistema de valores, identificando como bueno todo lo que procede de la voluntad de poder, que como aclara Savater, no es querer poder (como tradujo Hitler), sino poder querer, a saber, poder desear. Pues los valores tradicionales del cristianismo someten a las personas más débiles a “una moralidad esclava”, propia del “espíritu gregario”, resignado y conformista hacia todo lo que sucede. Valores todos que deben desaparecer para que surjan otros nuevos que representen al hombre ideal, el Übermensch, que es “el sentido de la tierra”, más acá de las esperanzas sobrenaturales de los envenenadores” (Nietzsche,  Así habló Zaratustra, Alianza, 2006:36-37).

Un superhombre que no cree en las promesas de las religiones después de la muerte, sino en lo que puede ver; una tesis que coloca a Nietzsche entre el romanticismo y el positivismo. Un ser que antes que  nada razona, pero siente. Que se deja llevar por sus sentimientos y pasiones pero que tiene autodominio y que no busca sólo el placer. Con lo que contradice a Sócrates y Platón, que propusieron el control de las pasiones, y a los que culpa de “la moral de rebaño” de la sociedad occidental y de la muerte de la tragedia. De aquí el exhorto a la sociedad de superar la línea evolutiva espiritual entre el animal y el superhombre.

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La modernidad pensó lo grupal a partir de la necesidad en lo social. Pero para Freud, Lacan y Pommier, lo que prevalece en la cultura es una causalidad trascendente, un lazo amoroso que hace símbolo: el tótem, el ancestro, el líder, el jefe, el amo, el maestro, el rey o Dios. Un símbolo que identifica y cohesiona a los pueblos. Pero Freud va más allá del símbolo al inventar un mito moderno en 1913 (Freud, “Tótem y tabú (1913)”, OC, Buenos Aires: Amorrortu, 1979). Donde los hermanos matan al padre porque les prohíbe gozar de sus hembras. Un asesinato por la falta de goce, al que ya no tendrán acceso, pues la falla moral —según Eugenio Trías— conduce a la culpa, que eleva al objeto del crimen al rango de lo sagrado, motivo de culto: nacimiento de la cultura (Trías, Lógica del límite, Destino, 1991:367-397). Una falta que sella el primer lazo social que une a la humanidad, pues en el lugar de la fiesta totémica los hermanos edifican el tótem, juran una alianza fraterna y pactan dos interdictos que fundan la cultura: la prohibición del incesto y el parricidio. Un auténtico mito moderno, que por carecer de pruebas científicas, muestra su eficacia, puesto que permite el acceso a la simbolización. Un mito que se actualiza cada vez que hablamos, puesto que lo hacemos en el nombre-del-padre. Nuestra firma —dice Pommier— es la impronta de nuestro origen, desde donde nos autorizamos a hablar como sujetos del  lenguaje  (Pommier, Freud ¿apolítico?, Nueva Visión, 1987:19).

Pero como el sujeto del lenguaje no puede definirse a sí mismo con ninguno de los significantes que emite, dado que cada uno remite a otro para poderse significar y ninguno designa su ser, está marcado por una incompletud radical. Sólo el nombre del tótem, nombre patronímico se define a sí mismo, porque no remite a otro, sino que designa el origen de la cadena significante, el Nombre-del-Padre, que introduce el interdicto del incesto y la cultura. Por ello, el ser, el bien, el goce, la felicidad, son móviles de lo grupal, cuya consistencia es el símbolo. Una falta de goce que engancha el ser a la imagen del espejo y al semejante como espejo, del que se espera un goce pleno, gracias a la completud imaginaria del yo, que cree que la imagen del espejo es su ser y que constituye el narcisismo humano.

En compañía de Pommier, como podemos estar todo el tiempo frente al espejo para asegurarnos de esa completud imaginaria, recurrimos al prójimo, con amor, odio y angustia, para tomarlo como espejo. El prójimo aporta el trazo de identificación, que asegura la existencia: lo social y la cultura. Un encuentro que hace  al grupo, que vive en lo imaginario. Lo indica Baudrillard: “[…] sólo hacen masa los que están liberados de sus obligaciones simbólicas (…) Se les da sentido, quieren espectáculo” (Baudrillard, A la sombra de las mayorías silenciosas, Kairós, 1978:8).

El grupo —enseñan Freud y Lacan— sólo se sostiene gracias al líder que refuerza el lazo social, que  ocupa el lugar del Ideal del Yo, que se identifica con la imagen del espejo, que le aporta una completud imaginaria, a través de la identificación y el amor al líder. Lo advierte Wilhelm Reich, el líder debe “hacer hábiles llamadas a los ‘sentimientos’ de los individuos integrados en la masa y por la ‘renuncia, en la medida de lo posible, a toda argumentación objetiva’” (Reich, La psicología de las masas del fascismo, Roca,   1973:51). De modo que cuando no hay un líder auténtico el grupo tendrá que inventarlo, para que le recuerde al grupo que el goce es imposible.

El yo no existe antes de la relación especular. Lo que pre-existe al individuo es el lenguaje, que está esperándolo antes de su nacimiento, para acariciarlo y amamantarlo con palabras. Porque el orden simbólico precede a lo grupal, al yo y el orden imaginario, se puede sostener la primacía del sujeto del lenguaje, sujeto del inconsciente y el deseo.

Existen pues tres tiempos: 1) el sujeto; 2) la masa y 3) el individuo. El sujeto está dividido porque le habla a alguien que sanciona su mensaje creando una división entre el sujeto del enunciado y el sujeto de la enunciación. Y el sujeto desgarrado busca en el líder y la masa suturar su herida. La masa salva al yo pero lo enajena. Porque al líder se le ama y se le odia, puesto que interdicta el goce. Pero si el líder goza y no da cuenta al grupo de su goce, como el tirano, que cree encarnar la ley (caso del psicótico, que no está dividido entre el significante que lo representa y su ser), la masa se rebela contra él.

Como el sujeto no se reconoce en la masa ni en el individuo, pone en peligro a la polis, pues es el sujeto del deseo, opuesto radicalmente al poder en su faz de dominación. Entonces rompe el espejo y abandona al amo, para encontrarse con su deseo. Un sujeto  excéntrico a la masa, que inventa los significantes de su existencia, para regresar a la masa a participarle su creación, para resistir al poder usurpador y dictatorial.

Pero lo grupal sufre ambivalencia. Amamos al prójimo porque sostiene nuestra imagen, pero lo odiamos porque al verlo completo creemos que es dueño de un goce que se nos escapa. Sólo un líder auténtico puede cohesionar al grupo y superar lo que Lacan llama “odioamoración”, a través de depositar todo el odio en el líder y dar curso a los lazos fraternos, amorosos y solidarios. Primordialmente, como dice Freud, porque: “La masa es un rebaño obediente que nunca podría vivir sin señor. Tiene tal sed de obedecer que se subordina instintivamente a cualquiera que se designe su señor” (Freud, “Psicología de las masas y análisis del yo” (1921), OC., Amorrortu, 1979:77). Es tal el encanto de las masas cuando encuentran un líder o lo inventan, que es una experiencia poéticamente retratada por Gabriel García Márquez: “No sólo habíamos terminado por creer de veras que él estaba concebido para sobrevivir al tercer cometa, sino que esta convicción nos había infundido una seguridad y un sosiego que creíamos disimular con toda clase de chistes sobre la vejez, le atribuíamos a él las virtudes seniles de las tortugas y los hábitos de los elefantes…” (García Márquez, El otoño del patriarca, Bruguera, 1984:165).

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En compañía del filósofo y psicoanalista francés Gérard Pommier, recordemos que para Marx las clases sociales se definen en función de la propiedad de los medios de producción. Su formación responde a un modo de producción histórico. Las clases sociales se enfrentan en momentos históricos, para poner fin a la explotación del hombre por el hombre y liberarlos de toda opresión y servidumbre.

Del psicoanálisis también se espera una liberación de los síntomas y del sufrimiento que producen. Para conseguirlo, el análisis conduce al levantamiento de la represión secundaria, jamás de la primaria (Überverdrängung), para no colocar al analizante en la antesala de la psicosis. Aquí el freudismo y el marxismo se encontraron en el freudomarxismo: la confluencia de dos discursos antagónicos. Pues no es posible establecer un paralelo entre la represión social y la represión sexual. Porque la prohibición del incesto, ley fundante de la cultura, no es paralela a la represión social; porque la prohibición del incesto no se enuncia.

Sexpol fue el programa de militancia política a la sombra de Reich y su teoría del orgón, para liberar a las masas de la represión sexual, pero mostró sus limitaciones teóricas y prácticas. El propósito de la represión social es preservar, a sangre y fuego el poder político de un Estado. Una represión que se logra con pan y circo, dádivas, sobornos, amenazas, abandono de las obligaciones simbólicas o cobardía.

La represión sexual para el psicoanálisis no es un efecto directo, inmediato, ni localizable en la sujeción social, pues la represión para el psicoanálisis no la produce interdicción alguna. Cuando los padres se anticipan a todas las necesidades y deseos de su hijo, creyendo satisfacer todas sus demandas, le niegan todo lo que está más allá de esas demandas, pues desconocen que el deseo del niño es sexual. A ello se debe que la represión se instale, aunque no exista prohibición alguna, sino porque todo está permitido. De aquí que el poder político no pueda ser ligado a la represión psicoanalítica.

Ninguna revolución puede levantar la represión. Porque la liberación política no sólo es la emancipación de un modo de producción o tirano en turno, sino del Amo y la estructura de poder. Por ello la liberación política resulta utópica, puesto que pretende alcanzar algo más allá del levantamiento de la represión, que exigiría la caída del símbolo que unifica al grupo social, que hace lazo social, el jefe (al que se le puede derrocar y hasta asesinar, pero para poner tan pronto como sea posible a otro, para preservar la cohesión social). Lo dice Pommier: “[…] si una liberación económica es históricamente viable, en cambio una liberación política es, en este sentido, absolutamente utópica (Pommier, Freud ¿apolítico? Nueva Visión, 1987:185).

El sujeto produce una dificultad insuperable. Porque el sujeto no puede ser reducido a una teoría, sistema social o proyecto político, en la medida en que  siempre gesta algo inesperado. Un sujeto que se opone de manera radical a la sociedad y hasta la cultura misma, porque es lo irreductible, introduciendo la discontinuidad y la diferencia en lo homogéneo, en lo uniformado, lo estable en toda sociedad. Un sujeto que no es pura negatividad, pura diferencia, sino un plus, un exceso que crea algo nuevo al seno de la sociedad concebida como Unidad, desgarrándola con su invención. Algo que rebasa la economía, el campo de la conservación y el dominio, y que Freud llama inconsciente, el deseo que va más allá de la necesidad, un punto de vista antieconómico, un más allá del principio del placer y más allá de los amos de la ciudad.

5

Pero las masas, que tienen más de cien años sin porvenir, hoy se entregan sin crítica a la globalización de un populismo de rasgos absolutistas, tintes absolutistas, totalitarios y dictatoriales: 1)  concentración deliberada del poder en una sola persona; 2) un líder bueno que promete erradicar el mal, que no está en los ricos fines sociales y aliados; 2) una militarización y un militarismo exacerbado, donde los militares se encargan de la “seguridad pública” y la administración; 3) un líder que encarna un partido y la verdad pública dicha desde el poder; 4) un pensamiento único que no permite la diferencia y que exige una fidelidad absoluta; 5) un pasado y un presente que se rectifica y legitima a la luz del poder; 6) un futuro redentor, un pueblo único y genérico, sin singularidades, redimido por el “Gobierno de México” (ya sin el término República) y 7) un enemigo común genérico, identificado en los adversarios, conservadores, neoliberales, clases medias aspiracionistas, malos y fifís, a los que el líder, diferenciándose Benito Juárez, “no los considera mexicanos”.

En suma, cien años de masas sin porvenir, ante un bruno horizonte que anuncia tormenta y ante el que tenemos el deber de nombrar para entenderlo y debatirlo, pues el diálogo es la única prenda de paz en una democracia que aspira o aspiraba a ser moderna, y cuya esencial característica, que incluso enarbolaron practicaron nuestros más destacados liberales, consiste en la crítica irónica al altar y al trono.

Cien años de masas sin porvenir, que muy bien pueden ser retratados en el reciente libro Yo, el pueblo, de la politóloga italiana-norteamericana Nadia Urbinati, que nos conduce por el sistema político de nuestro tiempo a las  eternas promesas de democracia, en medio de las desigualdades económicas, políticas, culturales, sanitarias y de género, además de la imparable corrupción gubernamental y social, sumada a la desconfianza ciudadana en los partidos, que en conjunto ofrecen un esplendido coctel para emborrachar a las masas con un populismo imposible de disfrazar, donde el líder es el pueblo, con su doctrina antisistema e  instituciones, que proclama una sociedad buena y una mala, con un vertical y unipersonal liderazgo, que en lugar de definiciones, el populismo hoy exige más que saber qué es, reconocer qué hace y cómo derrumba los pilares de la democracia, pues: “[…] en la representación populista, el centro que actúa es claro, no se cuestiona y sin duda es unificado o monístico (es decir, uno solo) (…) el populismo todavía no es una dictadura. Sin embargo, el clima de campaña y la propaganda permanentes que se necesitan para mantener el trabajo representativo en progreso desalienta el disenso. El disenso y la indiferencia encuentran la humillación (…) Las opiniones y las decisiones que se oponen al pueblo populista son castigadas, ridiculizadas y rechazadas como una conspiración de las élites (…) El espectáculo de poder victorioso ante el público, por encima de la pluralidad de voces, tiene la intención de reforzar un juicio y empequeñecer a los demás (…) Cualquier movimiento para monopolizar las voces representativas del pueblo es un paso al absolutismo (…) En el populismo, esa voluntad es depositada en el líder, quien es como la ‘boca’ del pueblo (como Donald Trump dijo de sí mismo) (…) Votar se entiende como una demostración vívida de la adhesión del pueblo a su líder”  (Urbinarti, Yo, el pueblo. Cómo el populismo trasforma la democracia,  Grano de Sal, 2020:208-209).

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